Todo el mundo lo vivía pero casi nadie lo conocía. Pepito vivía cerca de mi casa; me imagino que en un piso como el mío, con las mismas habitaciones y los mismos rincones donde transcurre mi vida. Sabía cuál era su portal, ¿el piso? incógnitas de las relaciones actuales.
Hacía ya cinco o seis años que vivía "solo." Solo cuando estaba dentro de su casa. Fuera era imposible verlo sin compañía. Multitud de palomas revoloteaban sobre su cabeza como una aureola móvil que se desplazaba a medida que él cambiaba de lugar. Era una parte etérea de su personalidad que únicamente entendían las palomas. Un par de puñaditos de mijo, veza o alpiste servidos con cariño a lo largo de muchos años habían establecido un enlace socio-alimentario que nadie entendía y, algunas veces, no compartía.
-¡Vaya engorro con las palomas!
Alféizares de las ventanas, repisas y cornisas repletos de acompañantes que esperaban, sin prisa, que llegara su hora, las once de la mañana, para desperezarse y sucumbir a la visita de Pepito. ¡Cuántas críticas ocultas circulaban entre todos los vecinos! Sin embargo, la mayoría, lo comprendían.
-¿Qué va a hacer, el hombre? ¡Algún entretenimiento deberá tener! - se preguntaban y asentían.
Era un verdadero espectáculo con qué disimulo arrojaba aquí y allá pequeñas dosis de agradecimiento y las gracias que conseguía.
- Blanca, baja de esa cornisa; Tani, ¡cuidado con el coche! ¡Eh, Tonino! déjale un poco a Lali. - un continuo intercambio de vidas.
Con la llegada de nuevos emigrantes la familia fue en aumento. Cientos de rolas o tórtolas y las cotorras que se habían fugado de los zoos, aumentaron el desconcierto de toda la vecindad. Se pensaba que comenzarían las desavenencias entre los propios comensales pero no, la simbiosis funcionó desde un principio y no se vivieron altercados dignos de mención.
Y un día la espera fue eterna. Pepito no apareció en toda la mañana. Palomas, rolas y cotorras inspeccionaban por turnos el recorrido y la intranquilidad se fue apoderando de todos ellos. Algunos, incluso, se apostaron en el balcón de su casa, indagando el motivo de su retraso. Todo fue en vano. Ni rastro. Sin saber cómo sus alas temblaban y un canto desconocido invadió de temor y de malos augurios el ambiente.
La sirena de una ambulancia impuso, primero, el toque de queda en toda la bandada multicolor y, después, un ajetreado revoloteo incontrolado que la mantuvo expectante con fuertes latidos de alas y de corazones.
Veinte minutos tardaron dos fosforescentes humanos en aparecer con su sustento, con su enlace, con su patrocinador, tendido e inmóvil, en una camilla que se desplazaba rápido hacia un mundo desconocido.
La huida de la ambulancia fue sustituida por una calma chicha y después la bandada completa inició un despliegue vertical que cortaba con movimientos suicidas el aire en todas las direcciones. Las aves parecía que habían enloquecido. Unos minutos y el silencio y la ausencia de movimientos reinaron en la calle.
Pocos conocidos, pocos vecinos, pocos amigos acompañaron a Pepito en la despedida. Pero cientos de palomas, tórtolas y cotorras lo escoltaron llenando cornisas y balcones, árboles y antenas hasta que su morada quedó sellada rodeada de cipreses.
Y allí hicieron y hacen guardia, por turnos, hasta que llega la hora y se inicia el revoloteo y el cortejo de las once de la mañana mientras una mano invisible distribuye unas pocas semillas de mijo, veza o alpiste en señal de agradecimiento.
- Ruur ruur rururur ...
- Blanca, Tani, ¡Eh, Tonino! déjale un poco a Lali. - y continúa el intercambio de vidas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario