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Nací como un cuento. Crecí como un diario y pienso irme como una historia.
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martes, 5 de junio de 2012

OJOS DE SUEÑO


              Érase una niña pinta, repinta y colorada que nunca quería dormir. Siempre estaba  desvelada. Jugaba de día y de noche  y sus padres nunca consiguían que se mantuviese en la cama un momento con los ojos cerrados, pintados y colorados. Todo  era  un juego despierto para ella.
          Cierto  día sus ojos  abiertos  se  cansaron de su tiranía y, aprovechando el pequeño descuido de un pestañeo, se escaparon  para descansar unos momentos ciegos de sueño y se escondieron debajo de la cama. 
La niña pinta, repinta y colorada gritó con desconsuelo e inició la búsqueda estéril de sus ojos cerrados, cansados y colorados. Únicamente unos sollozos sin lágrimas quedaron en su cara y la obligaron a quedar inmóvil en la cama y a dormir profundamente y soñar con sus ojos abiertos, pintados y colorados.
              Al despertar,  sus ojos habían regresado repuestos a las cuencas y la niña pinta, repinta y colorada vivió otra vez el sueño despierto del día y la tristeza de los ojos de sueño perdidos y dormidos en la noche. 


 A los que sueñan despiertos durante la noche

sábado, 13 de agosto de 2011

AFIFE LA PRINCESA PAPILANDIA

Para Emma que lleva la felicidad y la alegria  a las princesas “afifes”.

Hace mucho tiempo en una aldea lejana vivía un princesa preciosa. La princesa Papilandia. Tenía todo lo que más le gustaba y si alguna cosa se le antojaba, al momento, le estaba concedida. En su palacio de fresas ya no quedaba espacio para nada más y sus padres se habían propuesto construir otro palacio mucho más grande para darle a su adorada hija todos los caprichos que se le pudieran ocurrir.
Pero había un problema que no se solucionaba por más regalos que le compraran. La princesa Papilandia estaba triste. Se notaba en sus ojos azulados, en su forma de caminar, en su forma de hablar y en la forma de tratar a sus amigas. A todo esto se añadía que casi no comía y estaba tan delgada y pálida que la tristeza se había convertido en su sombra.
Sus padres no sabían qué hacer y estaban muy pero que muy preocupados. Convocaron a todos los magos y elfos de los contornos para buscar un remedio urgente. Unos invocaban a las aguas del mar, otros a la nieve de primavera, otros a todos los árboles de frutos rojos y los elfos  a las sombras del bosque con su musgo, sus mariposas, libélulas y pájaros de colores. Imposible, nadie encontraba ningún metodo que mejorara el aspecto de la princesa y los que lo probaban  lo hacían con remedios inútiles.
Cierto dia del més de agosto, se presentó ante los reyes una princesa voladora, muy pequeña, con una larga melena negra recogida en una sola trenza,  con alas transparentes y un vestido rojo lleno de lunares negros. Estaba coronada por una diadema de flores de coral y en su centro relucía una estrella dorada con destellos finísimos de plata que iluminaban todo en su presencia.
Los reyes quedaron maravillados ante aquella princesa y la recibieron con todos los honores. Le contaron sus penas y, sobre todo, el problema que tenían con su única hija.
La princesa Chiquitita escuchaba atenta las explicaciones de los afligidos padres y después de consultar una pequeñísima bola de cristal que guardaba en su estrella dorada les aseguró que el remedio que buscaban estaba muy lejos, en el mundo de los humanos.
-Y ¿qué podemos hacer? Nuestra hija se nos muere y ..  –lloraban amargamente.
-Hay una puerta secreta en las más altas montañas que comunica con ese mundo. –continuó-. Debéis enviar a la princesa con el león Baguira a buscar una niña que vive cerca de una gran ciudad  y localizar  una Torre Roja en un pueblecito llamado Viladecans. Allí, en el parque, localizaréis a Emma, una niña de cuatro años con ojos negros y el pelo ondulado. Ella tiene el remedio para la princesa. –les explicó.- Deberá llevar y regalarle esta estrella dorada que yo os doy. -se quitó la diadema y, quitando la estrella, se la entregó.
Nada mas dar la información y entregar su estrella, la princiesa Chiquitita desapareció  y nunca más se supo de ella.
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Se hicieron todos los preparativos para el viaje y después de caminar y viajar por tierra, mar y aire, la princesa Papilandia y el león Baguira, llegaron a una casa donde todavía dormía una niña guapísima rodeada de muchas princesas que descansaban en estanterías y,  algunas, sobre la cama donde ella mísma dormía.
Cuando Emma despertó encontró una nueva princesa sentada en el suelo al lado de un león. Recogió la muñeca y marchó corriendo  a buscar a sus padres.
-Mamá, Papá, he encontrado una muñeca en mi habitación. -gritaba toda alterada.
-Será alguna que tenías en  la estantería de arriba y se habrá caído, o la habrá olvidado alguna amiga tuya. –le aclaró la mamá dándole los buenos días.
-¡Que no, mamá! Esta princesa no la tenía antes. –alargó las manos para que lo comprobaran-. Además, está muy triste. Sus ojos quieren llorar. Tiene el vestido y el pelo sucio y ...
-Ya ya ya. Para. Desayuna y después le puedes lavar el pelo y ponerle otro vestido para que esté muy guapa. ¿De acuerdo?
Emma no cesaba de manipular la muñeca mientras desayunaba. Buscaba referencias que pudiera recordar pero no encontraba nada conocido en todo su aspecto. “Definitivamente esta muñeca no es mía y ha venido de otro lugar. Seguro que quiere que la ayude”. Se decía a sí misma.
Tres días tardó en cambiarle el aspecto a la princesa. Su pelo rubio y largo ahora estaba alisado y suave recogido en una trenza; su cara y sus manos tenía reflejos sonrosados como la piel de la propia Emma y le había puesto un vestido de escamas plateadas con una gran estrella dorada bordada en el pecho. Todo el conjunto estaba acabado con un abrigo capa plateado con forro de terciopelo  y con un ribete de algodones que la hacían la más bella de las muñecas que  Emma coleccionaba. Pero faltaba un pequeño detalle que  llamaba màs la atención. En sus ojos todavía reinaba la tristeza.
Emma probó todo tipo de juegos. La sentó delante de espejos de risa, jugó todo lo que pudo con ella, la sacaba de paseo, le contaba cuentos alegres, le hacía cosquillas, ... Y nada de nada. Hasta que en un momento de inspiración le susurró al oído sus palabras mágicas favoritas.
-¡AFIFE, AFIFE, AFIFE! – pronunció muy despacio. Y esperó.
Los ojos de la princesa se fueron abriendo lentamente, se hicieron más grandes que nunca y, cambiando la expresión de la cara, repitió aquella palabra que, desde el interior, la estaba transformando.
-¡Afife! –repitió la princesa.
Lo que vino después fue una risa continua que contagió a todo el resto de muñecas de la habitación de Emma.
-¡Afife, afife! –cantaban y bailaban todas a coro.
La tristeza había abandonado  la cara de la princesa Papilandia y todo era felicidad y alegría.
Y así jugaron y jugaron un día tras otro día hasta que una noche un león se coló en la habitación de Emma. Se movía lentamente sobre la alfombra y, con mucho cuidado de no despertar a nadie , recogió a su princesa y , juntos como habían venido, se fueron con la luz del amanecer.
A la mañana siguiente Emma encontró entre sus manos una estrella dorada con destellos finísimos de plata que cuando la movía podía ver la cara de felicidad de la princesa Papilandia mientras repetía ¡AFIFE , AFIFE!  y se reía y reía como cuento de nunca acabar.

lunes, 30 de mayo de 2011

SUNGLASSES

                  LAS GAFAS DE SOL

        
    Leticia se moría de risa cuando veía a su abuelo y sus gafas oscuras. Se puede decir que se desternillaba de risa. Nunca había visto una niña tan risueña. Era difícil sentirla protestar, llorar o quejarse. Sus ojos de un color negro azabache denotaban, además de tranquilidad, felicidad a raudales. Le sobraba y la contagiaba a todas las personas que la trataban. Sólo tenía cinco años de sueños infantiles.
                Con su abuelo, su comportamiento era tranquilo. Se sentaba a horcajadas en sus rodillas huesudas, cara a cara, mirándole y observándole  e intentando descubrir qué aspecto tenían sus ojos a la luz de la tarde.
 -Esas gafas abuelo ¿para qué son?
 -Me protegen del sol y de la tristeza.
               -Entonces ¿nunca estás triste? ¿Ni cuando estás en el hospital con la abuela?
               -¿Tú me has visto alguna vez llorar o enfadarme? -
               Leticia jugaba con los botones de la camisa y se detuvo a pensar sin perder un ápice de interés. Él ya esperaba el siguiente interrogatorio.
               - ¿Y dónde compraste estas gafas?
               -En ningún sitio. Si las quieres te las tiene que regalar alguna persona que ya no las necesite.
                -¿Me las regalarás  tú cuando no las uses?
               -¡Pues, claro! El día que tú me las pidas,  "seguro" que ya no las necesitaré.
               -Y ¿eso cuándo va a ser?-quiso saber.
               -Depende exclusivamente de ti. Tú nunca estás triste, siempre ríes y te diviertes. No lloras y me haces ser  feliz continuamente. En estos momentos no las necesitamos ni tú ni yo.  Por eso ahora sólo me protegen del sol. -aclaró. 
               Se quitó las gafas y Leticia pudo ver unos ojos brillantes, enmarcados en gruesas arrugas que le hacían un guiño a sus preguntas.
               Ya habían pasado cuatro meses desde que la abuela rompió la pierna y se cayó. La habían operado urgentemente y la recuperación había tenido altibajos. Las temporadas en el hospital no conseguían que su estado mejorara lo suficiente  y se restableciera. El abuelo andaba ajetreado con las visitas. Dejaba a Leticia en el colegio por las mañanas y, sin demora, cogía el bus para quitar un poco de soledad a la abuela. Siempre llevaba sus gafas de sol y allí, en la habitación, trataba de infundirle esperanza y un poco de alegría. Le contaba las peripecias de Leticia, sus preguntas y sus ansias de saberlo todo. Regresaba después de dejar cientos de caricias y la felicidad en los ojos de la abuela.
Y así pasaba sus días: nieta, autobús, dolor-esperanza, despedida, gafas de sol, nieta y volver a empezar.
               El desenlace tuvo lugar seis meses después. Leticia no entendìa nada. Le contaron que la abuela se había ido no sé dónde  y que era mejor así porque lo estaba pasándo  muy mal. Sin embargo los cambios que observó en el abuelo demostraban lo contrario.
               Ahora iba su mamá a buscarla al colegio y, cuando llegaban a casa, siempre encontraba  el abuelo sentado en el comedor con las gafas de sol puestas y, aunque en sus labios  se notaba alegría , algo en su corazón la llenaba de tristeza y ...
               Se abrazó a él con todas sus fuerzas y le susurró al oído
               - Abuelo... -y dos lágrimas resbalaron por sus mejillas.
               - ¿Quieres las gafas de sol, verdad? -se adelantó. Se las quitó y se las colocó a su nieta.- Te las regalo. Yo ya no las necesitaré más.
                -¿Ni para proteger tus ojos del sol?
               El abuelo sonrió y Leticia pudo ver otra vez,  a través de los oscuros cristales, recuerdos de felicidad en sus ojos.