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Nací como un cuento. Crecí como un diario y pienso irme como una historia.
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viernes, 24 de febrero de 2012

METAMORFOSIS

             A los que transforman la sociedad sin perder su libertad
      La vida de Proteo ha sido un continuo cambio, una inusitada transformación que lo ha llevado a representar los más variopintos papeles. Una existencia excitante con  continuas modificaciones y siempre con un objetivo muy claro: asegurar su futuro en la máxima libertad.
      Perteneció a múltiples asociaciones. Estuvo abonado en equipos de fútbol, en tribuna. Se relacionó con la flor y nata de la sociedad del puro y las pipas hasta que  un exaltado le propinó un cabezazo en la nariz  por discrepar por un penalti señalado. Cambió de estrategia  y…
      Se alistó en la legión extranjera de Francia. Era fuerte y pensó que soportaría sin ningún problema las exigentes pruebas a las que sería sometido. Cierto. Todo  fue superado menos la pérdida y sustitución de su nombre propio por una secuencia numérica
      Podríamos continuar con ONGs, partidos políticos de diferentes tendencias, sindicatos, asociaciones numerarias, etc. Ninguna satisfizo aquella necesidad perentoria de ser algo nuevo, algo superior, algo que lo colocara en ventaja sobre el resto de los mortales.  Y cansado de no alcanzar el objetivo…
      Se convirtió en pájaro. Comenzó por integrarse en una bandada de gorriones y pardales. Una experiencia nueva que le obligó a dormir en libertad, al sereno,  en la rama de una acacia japónica. Pasó frío, mucho frío. Era incapaz de esconder la cabeza debajo del ala. Y los resfriados hicieron mella en su salud. La gripe lo mantuvo en una tiritera continua y gracias a los cuidados de unos pocos gorriones que le proporcionaron el pan en  forma de granos, salvó su vida.
      Las palomas de la ciudad lo acogieron, primero con desconfianza, después, indiferencia absoluta. Se sumó a la manifestación de los loros escapados del zoo. Fue una relación más fluida al tener  la posibilidad de hablar con ellos en su idioma. Lo invitaron a su hogar colgado de las palmeras más frondosas y  acabó odiándolas. Sus pies, sin la destreza de sus congéneres, soportaron dolorosos pinchazos hasta que ya no pudo más y volvió a su libertad y …
      Emigró en busca de águilas reales, la libertad de las altas cumbres y, allí…
      Se alistó en las bandadas de grullas y cigüeñas que surcaban los cielos en busca de lugares más cálidos. Y el calor lo transformó…
      Regresó a las ciudades y quiso probar suerte con los jilgueros. Qué portento de garganta. Sus trinos lo transportaron a través de la música e hicieron que  poco a poco se convirtiera en  su protector. Conciertos  a las tardes,  recepciones  multitudinarias, y, cuando el sol, al atardecer, quemaba su intensidad, llenaban el campo de melodías que invitaban a la solitud y a la  despreocupación..
      Y así cayó en la trampa. Una liga pegajosa enganchó sus pies desnudos entre las copas de los cardos del camino y se convirtió en prisionero. Tanta libertad que había disfrutado y todo para quedar atrapado entre los  barrotes de una pequeña jaula expuesta en un balcón. Intentó comunicar con el humano, explicarle que él no era como los pájaros, que era también un humano libre. Inútil toda tentativa. La única esperanza, un descuido, una portezuela abierta a libertad, pero no llegó.
      Pasó el tiempo y la prisión se convirtió en casa. Su adaptación fue cada vez más perfecta. Sus patas se estilizaron  y podía asirse perfectamente a los palos transversales. Su cuerpo se había cubierto de plumas de colores llamativos  y el pico, al igual que una flauta mágica, elaboraba los primeros trinos de la primavera.
      Y las palabras se olvidaron y la libertad se convirtió en su sueño.

viernes, 25 de marzo de 2011

EL MAR Y LA ARENA

A  las personas, antes amigas, y que ahora no son capaces de hablarse como personas.

              Hace mucho tiempo el mar y la arena vivían amistosamente en una tierra sin compromisos, sin límites ni cortapisas. Más que vivir convivían como dos niños pequeños que juegan en una  playa de cualquier mar  sin nombre.,
               Cuando el mar tenía frío tomaba baños de sol sobre un lecho de arena para entrar poco a poco en calor. Mientras, la arena le masajeaba lentamente todos sus intersticios y disminuía sus tensiones e inquietudes. Purificaba sus impurezas y le permitia recomponer la nitidez de sus aguas.
               La arena se enjugaba todas las mañanas para desesperezarse. Aclaraba su corta melena dorada en  las profundidades del mar y se dejaba acunar lentamente en sus brazos. Nada era tan placentero para las minúsculas partículas que dejarse arrastrar mar adentro para regresar a caballo de las olas mezcladas con un esponjoso baño de espuma.
               Hablar de los desiertos era la peor historia del recuerdo para la arena. Sólo sentirlo le producía escalofríos del calor que le afluía a la cara y se preguntaba cómo sería el perder su posición privilegiada en las playas para poder embarcarse en las màs excitantes aventuras allende los mares. El desierto era el silencio, la falta de vida, la inmensidad de donde  ya se había perdido la esperanza de regresar. Las pocas particulas arrastradas por corrientes de aire que, por casualidad, aterrizaban en el mar, contaban experiencias aterradoras que, para los habitantes de la playa, estaban fuera de la inteligencia del arenal.
               Un día de invierno, un día de viento, esta situación idílica  saltó por los aires. El mar se volvió loco, se embraveció y, sin previo aviso, arrojó tantas olas a las playas  y con tanta fuerza que la arena desapareció en su totalidad. Una parte fue lanzada a los desiertos cercanos y otra parte fue sepultada en las profundidades del mar. Las pocas comunidades que pudieron refugiarse en las oquedades de las rocas, quedaron tan reducidas  que apenas se atrevían a salir de sus escondites por miedo a una nueva embestida.
               Todos los arenales costeros eran ahora rocas asperas y cortantes; pedregales  que producían heridas profundas en las olas. Allí se rompían en sollozos y añoraban el remanso   de las playas, donde jugaban a hundir la flota entre la arena y donde tomaban el sol en toboganes antes de regresar.
               Y se declararon la guerra. Una guerra incruenta, larga y lenta donde los dos contendientes dudaban de su victoria final.
               El mar, en sus ataques, arrastraba a sus prisioneros a las fosas marinas. La arena evaporaba el agua que caía en sus comunidades y la hacía prisionera del calor que almacenaba,
               Despues de siglos luchando el cansancio hizo mella en los dos contendientes. Aparecieron más desiertos, dunas más grandes, mares más pequeños, ensenadas llenas de sal, charcos entres las rocas, gotas perdidas y huérfanas que poco a poco se convertían en vapor de la nada.
               Las aguas de los océanos perdieron su transparencia y sobre la arena empezaban a ser patentes los efectos nocivos de la luz y el calor del sol.. Envejecían y su egoísmo los conducía a su propia destrucción.
               El tiempo se llenó de reproches,  insultos,  estrategias y, por fin, de tregua.
               El mar se retiró de las playas y permanecía al acecho. La arena se parapetó en fortines y, aliada con el cemento y la cal,  intentó crear barreras infranqueables a las incursiones del mar.
               Con el paso de los años  se hicieron más vulnerables al desánimo y empezaron las concesiones. Las playas se fueron rellenando de los indultados prisioneros de las profundidades del mar  y, de cuando en cuando, alguna ola perdida buscaba disimuladamente comprobar si, tomar el sol entre la arena, era uno de los placeres más relajantes y reconfortantes que habían sido relatados en la historia de los tiempos.
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                   Un niño se acercó con el cubo a la orilla del mar. Lo colmó de agua. Caminó lentamente descalzo dejando  un rastro discontinuo sobre la arena. Excavó un hoyo, recogió el cubo y .....El mar y la arena, al unísono, rompieron el silencio del olvido  y gritaron  ¡Guerra! ¡Guerra!