
Tendría unos dos años y ya caminaba con soltura y seguridad. Algunas veces, se ponía de cuclillas y dejaba la pelota en el suelo, como si le diera la libertad condicionada. Sólo eran pruebas de pertenencia. Cualquier acercamiento o intento de otros niños hacia su pelota conseguía que sus manos actuaran como un resorte y que la pelota volviera a su regazo mientras se levantaba inmediatemente y dejaba oir unas palabras inconfundibles." Es mía". Miraba a todos y volvía a repetirlo con un poco más de ímpetu y seguridad: "ES MIA".
Aquella tarde fue diferente. La pelota continuaba en su sito, entre sus brazos. Una niña se acercó hacia ella y , sin mediar palabra, la golpeó en los brazos y le arrebató su preciado bien. El contrataque fue más rápido que la agresión. La tranquilidad se convirtió en un derecho propio y la insignificancia en importancia. El empujón fue más que premeditado. La ladrona cayó de espaldas y, por instinto de protección, soltó lo "robado" y empezó a llorar. La propietaria recogió su pelota y escuchado los lloros y mirando a la que había empujado pronunció dos palabras como hecho consumado. "¡ES MIA! " y la victoria se reflejó en sus ojos.
TOMÁS
Segunda parte "La victoria se reflejó en sus ojos" Un día, Tomás, descubrió que los barrotes laterales de su celda podían, sencillamente, eliminarse. Mantuvo la vigilancia y, con el tiempo, encontró el momento propicio para intentarlo.
Algo lo despertó de noche y en el momento de llamar por su mamá, cerró la boca y contuvo su respiración. Por un momento, nada. De repente un estruendo sacudió sus sentidos auditivos. Era papá. Sus sonoros resoplidos eran inconfundibles. Después se volvieron acompasados e insoportables. Se movió despacio hacia el lateral y sus inquietos dedos recorrieron aquella pequeña palanca que su madre giraba cuando lo acostaba. Varias veces lo intentó y siempre quedó rendido. Esta vez, la suerte estuvo de su parte. La pequeña pulsera que su abuela le había regalado quedó enganchada en la palanca y, al tirar y tirar desesperadamente, ... ¡abracadabra!. el lateral de la cuna se desplomó verticalmente con un ruido seco al tocar fondo.
Tomás quedó mudo y los ronquidos de su padre desaparecieron por un momento. Para él el tiempo se detuvo y lo inmovilizó hasta que sus padres volvieron a impulsar con rotundidad el aire que respiraban.
Al girarse de nuevo, la puerta de la libertad se abría en toda su extensión. Lentamente sus pies tocaron suelo, después sus rodillas y sus manos. Volvió la vista hacia la cama y lo único que llegó a ver fue un brazo entero de su madre descolgado e inmóvil por el lateral de la cama. De su progenitor, ni rastro, sólo los ronquidos.
"Por fin, libre por primera vez. Recorrí toda la habitación a gatas. Apenas caminaba sobre mis dos pies. ¡Qué difícil ser bípedo!. Me apoyaba en las paredes y en las puertas para mantenerme derecho como los adultos. Quería llegar a todas partes y tenía prisa, mucha prisa, pero el aprendizaje era lento, demasiado lento.

Cuando desperté estaba en brazos de mi madre que hablaba a gritos.No pasa nada mamá,-intentaba decirle- pero no me escuchaba. Se encaró con mi padre argumentando que me podía haber pasado algo grave y que era necesario ajustar bien los laterales de la cuna.
Dos días después volví a las andadas. Esta vez caí desde una altura considerable en el intento. Mi frente besó el suelo protegido por la alfombra que no impidió la salida de un chichón doloroso. Quise llorar, pero ¿para qué? Esta véz fui directamente al baño. Me enderecé junto al bidet. Mis manos acariciaron el grifo con fuerza y se abrió. El agua me salpicó toda la cara y, del susto, quedé sentado. No sabía si reir o llorar. Al momento había agua por todas partes. Salí del baño empapado y volví donde estaban mis padres. ¿Eh? ¡que esto se está inundando! Ni caso. Ya lo decía yo, pasaban de mí.

Las discusiones continuaron un dia tras otro hasta que se tomó ¡POR FIN! la decisión de ponerme una habitación para mí solo. Estará más seguro en la cama ,-explicaba mi padre- .La cuna es un peligro y ...

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