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viernes, 1 de junio de 2012

LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO


              Encontrar aquella gallina supuso la salvación del pueblo y su prosperidad.
              Ninguno de sus habitantes había visto un animal de aquellas características. Tenía alas y no volaba, cacareaba y no se le entendía, ponía huevos, como todas, pero no se podían comer. ¡Eran de ORO! Y ¿para qué queremos nosotros unos huevos de oro? Hasta que descubrieron los mercados financieros. Fue entonces cuando la vida tranquila y apacible de la villa  se hizo añicos.
               En la asamblea de ancianos se discutió la forma de utilización de los huevos de oro. Se supuso que la gallina seguiría poniendo los dos huevos cada día a lo largo del año y se encargó al maestro del pueblo los cálculos aproximados de las ganancias. El pueblo sería el encargado de alimentarla y el propio alcalde el encargado de recoger las preciadas perlas doradas y almacenarlas.
               Entre las primeras decisiones que se tomaron por unanimidad, a petición del alcalde, fue  repartir un huevo a cada una de las familias del pueblo, tres para el alcalde y dos más para el resto del consejo de ancianos, el cura y el maestro economista.
               En pocos meses el peso de los huevos alcanzó valores insospechados y surgieron los primeros proyectos del alcalde y sus allegados. Contrataron mejores gestores  y con ellos, no sólo se gastaron lo almacenado sino los huevos de los dos próximos años. Podríamos decir que se quedaron en pelotas.               
               A pesar de esto estaban eufóricos y se les veía en todos los rincones del pueblo y en círculos externos haciendo planes y más planes de futuro sin darse cuenta de la presencia de la zorra que contemplaba la gallina desde los olivos que circundaban la iglesia.
               Pero el mal no vendría de fuera, era intrínseco a la propia naturaleza gallinácea. A los nueve meses la gallina dejó de poner huevos y la preocupación se adueñó de todo el pueblo, sobre todo del alcalde. Consultaron con los mejores veterinarios, sin revelar los motivos exactos de su preocupación, y fueron tachados de ignorantes. Todas las gallinas presentan períodos de descanso en su puesta. Pero, ¿cuánto tiempo se iba a alargar el descanso?
               En las reuniones celebradas en el ayuntamiento a puerta cerrada elevaron el tono de las discusiones. En todo momento el que llevaba la voz cantante era el alcalde y, según él, todo se había ido al traste por la puta de la gallina.
              Después de un mes y medio regresaron las puestas de huevos, pero la sorpresa fue mayúscula. ¡No eran de oro! La gallina ponía  cuatro huevos diarios- “caso extraordinario”- y el alcalde los rompía inmediatamente buscando el oro deseado.
               Y pasó el tiempo y el hambre y la depresión se instaló en el pueblo y en sus habitantes. La gallina seguía con sus puestas de cuatro huevos y el alcalde, rompiéndolos uno tras otro en busca de la mina perdida.
               Cuentan que una mañana la gallina desapareció y sólo encontraron, bajo los olivos detrás de la iglesia, sus plumas mezcladas con seis pequeños e incompletos huevos de oro.

A las gallinas incomprendidas

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