Érase una vez Tono...
Se encontró solo e inmóvil. Inmóvil en sus fundamentos, en sus patas, pero no en su cuerpo que temblaba rítmicamente al compás del frío y de la lluvia que lo empapaba y lo empequeñecía.
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-“Quiero ese perrito pequeño, papá.”- suplicó Denis -“No tenemos tiempo para cuidarlo”
-“Jugará en el jardín todos los días. Carlos tiene dos. ¡Y dos gatos también!” –justificó Denis-. Además mamá me lo ha prometido para mi cumpleaños.”
-“Ya tuviste un gato y se perdió”.-le reprochó el padre
-“Un perro es más grande y no se perderá”- dijo negándolo rápidamente.
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A su alrededor la bruma, que desprendía el suelo, transformaba el ruido en sombras, luminosas y paralelas, que silbaban y se perdían a gran velocidad.
Caminó en el mismo sentido del futuro. Algunas sombras lo quisieron arrastrar en su huida y lo zarandearon. Hicieron que su corazón latiera con fuerza y desbocadamente.
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-“No te preocupes. Cuando regresemos de vacaciones pararemos para recogerlo.
-”Se morirá de hambre”.

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Quiso irse de allí a toda costa; anheló que alguna de esas sombras, más lentas, se apiadara de él y lo orientara hacia la salida.
En un momento de silencio espeso, encogido de miedo, se aventuró hacia el centro buscando las señales blancas marcadas en el asfalto y otras huellas infinitas que se borraban con rapidez por la acción de la lluvia.
Y allí se encontró con la sombra que buscaba. Una sombra intensa, de ojos amarillentos, que iluminaban diagonalmente las gotas de lluvia que caían en la calzada. Venía por él. Estaba seguro. Era Denis. Ahora saldría del laberinto. Movió el rabo de felicidad, arqueó sus ojos y se levantó sobre sus patas traseras, sacando la lengua, como cuando esperaba el “hueso de juegos” que suponía una salida al parque a retozar y revolcarse.
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Quiso irse de allí a toda costa; anheló que alguna de esas sombras, más lentas, se apiadara de él y lo orientara hacia la salida.
En un momento de silencio espeso, encogido de miedo, se aventuró hacia el centro buscando las señales blancas marcadas en el asfalto y otras huellas infinitas que se borraban con rapidez por la acción de la lluvia.
Y allí se encontró con la sombra que buscaba. Una sombra intensa, de ojos amarillentos, que iluminaban diagonalmente las gotas de lluvia que caían en la calzada. Venía por él. Estaba seguro. Era Denis. Ahora saldría del laberinto. Movió el rabo de felicidad, arqueó sus ojos y se levantó sobre sus patas traseras, sacando la lengua, como cuando esperaba el “hueso de juegos” que suponía una salida al parque a retozar y revolcarse.
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Y la sombra lo abrazó y se lo llevó al infinito en busca de otros juegos.
Y la sombra lo abrazó y se lo llevó al infinito en busca de otros juegos.