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Nací como un cuento. Crecí como un diario y pienso irme como una historia.

martes, 5 de junio de 2012

OJOS DE SUEÑO


              Érase una niña pinta, repinta y colorada que nunca quería dormir. Siempre estaba  desvelada. Jugaba de día y de noche  y sus padres nunca consiguían que se mantuviese en la cama un momento con los ojos cerrados, pintados y colorados. Todo  era  un juego despierto para ella.
          Cierto  día sus ojos  abiertos  se  cansaron de su tiranía y, aprovechando el pequeño descuido de un pestañeo, se escaparon  para descansar unos momentos ciegos de sueño y se escondieron debajo de la cama. 
La niña pinta, repinta y colorada gritó con desconsuelo e inició la búsqueda estéril de sus ojos cerrados, cansados y colorados. Únicamente unos sollozos sin lágrimas quedaron en su cara y la obligaron a quedar inmóvil en la cama y a dormir profundamente y soñar con sus ojos abiertos, pintados y colorados.
              Al despertar,  sus ojos habían regresado repuestos a las cuencas y la niña pinta, repinta y colorada vivió otra vez el sueño despierto del día y la tristeza de los ojos de sueño perdidos y dormidos en la noche. 


 A los que sueñan despiertos durante la noche

viernes, 1 de junio de 2012

LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO


              Encontrar aquella gallina supuso la salvación del pueblo y su prosperidad.
              Ninguno de sus habitantes había visto un animal de aquellas características. Tenía alas y no volaba, cacareaba y no se le entendía, ponía huevos, como todas, pero no se podían comer. ¡Eran de ORO! Y ¿para qué queremos nosotros unos huevos de oro? Hasta que descubrieron los mercados financieros. Fue entonces cuando la vida tranquila y apacible de la villa  se hizo añicos.
               En la asamblea de ancianos se discutió la forma de utilización de los huevos de oro. Se supuso que la gallina seguiría poniendo los dos huevos cada día a lo largo del año y se encargó al maestro del pueblo los cálculos aproximados de las ganancias. El pueblo sería el encargado de alimentarla y el propio alcalde el encargado de recoger las preciadas perlas doradas y almacenarlas.
               Entre las primeras decisiones que se tomaron por unanimidad, a petición del alcalde, fue  repartir un huevo a cada una de las familias del pueblo, tres para el alcalde y dos más para el resto del consejo de ancianos, el cura y el maestro economista.
               En pocos meses el peso de los huevos alcanzó valores insospechados y surgieron los primeros proyectos del alcalde y sus allegados. Contrataron mejores gestores  y con ellos, no sólo se gastaron lo almacenado sino los huevos de los dos próximos años. Podríamos decir que se quedaron en pelotas.               
               A pesar de esto estaban eufóricos y se les veía en todos los rincones del pueblo y en círculos externos haciendo planes y más planes de futuro sin darse cuenta de la presencia de la zorra que contemplaba la gallina desde los olivos que circundaban la iglesia.
               Pero el mal no vendría de fuera, era intrínseco a la propia naturaleza gallinácea. A los nueve meses la gallina dejó de poner huevos y la preocupación se adueñó de todo el pueblo, sobre todo del alcalde. Consultaron con los mejores veterinarios, sin revelar los motivos exactos de su preocupación, y fueron tachados de ignorantes. Todas las gallinas presentan períodos de descanso en su puesta. Pero, ¿cuánto tiempo se iba a alargar el descanso?
               En las reuniones celebradas en el ayuntamiento a puerta cerrada elevaron el tono de las discusiones. En todo momento el que llevaba la voz cantante era el alcalde y, según él, todo se había ido al traste por la puta de la gallina.
              Después de un mes y medio regresaron las puestas de huevos, pero la sorpresa fue mayúscula. ¡No eran de oro! La gallina ponía  cuatro huevos diarios- “caso extraordinario”- y el alcalde los rompía inmediatamente buscando el oro deseado.
               Y pasó el tiempo y el hambre y la depresión se instaló en el pueblo y en sus habitantes. La gallina seguía con sus puestas de cuatro huevos y el alcalde, rompiéndolos uno tras otro en busca de la mina perdida.
               Cuentan que una mañana la gallina desapareció y sólo encontraron, bajo los olivos detrás de la iglesia, sus plumas mezcladas con seis pequeños e incompletos huevos de oro.

A las gallinas incomprendidas

jueves, 17 de mayo de 2012

DECISIONES IMPORTANTES


        Érase una vez un chico de catorce años que no quería atarse los cordones de sus zapatillas deportivas. Le resultaba verdaderamente molesto tener que flexionar su cuerpo o sus rodillas cada vez que se calzaba o descalzada. Le parecía ingrato hacer una lazada en las bambas que nunca había aprendido a hacer. Siempre quedaban descompensados los lazos y siempre terminaban deshaciéndose.
        Tan hastiado quedó de sus ataduras que su cordones parecían una sombra alargada y móvil  cuando se  movía por la ciudad. Iban tomando un  color inconcreto, a veces se rizaban y, otras,  arrastraban objetos que se beneficiaban del transporte gratuito sin llegar a ser como los cordones con latas atados en los coches de los recién casados.
        Disgustos y sustos a montones y a diario. Si no se los pisaba él mismo se los pisaban los transeúntes que lo seguían.  El resultado era el tropezón o el traspiés con caída libre o con sujeción manual.
         Uno de los peores momentos fue al salir del tren de cercanías. Sus cordones se engancharon a las puertas correderas y  fue arrastrado unos metros hasta el que el tren se detuvo, abrió sus puertas y permitió que cayera de espaldas soportando las risas de algunos viajeros compasivos. Pero no fue suficiente para hacerle cambiar de idea.
        Salió de la estación, se quitó las zapatillas deportivas y asiéndolas por los cordones las hizo girar tres o cuatro veces con fuerza hasta lanzarlas a lo infinito.
        Y allí quedaron colgadas en los cables del teléfono meciéndose y girando eternamente.
        -Si tanto te molestaban los cordones podías habérselos quitado.
        -Tienes razón. Pero nunca hubiera podido colgarlas- sentenció mirándolas  otra vez y con desprecio.
        Y se marchó descalzo cuidando de no pisar la sombra de los cordones de los transeúntes que le precedían.
 
A los que compran bambas sin cordones