Los ojos de Laura no podían
ocultar una intensa sorpresa.
Lo que observaba no tenía cabida en su imaginación
de niña. Allí delante, al lado de la
Plaza de Cataluña, en
su horizonte más cercano, se habían
erigido dos grúas inmensas que como gigantes malandrines la intimidaban en lo más profundo de su
alma.

- ¡Mamá, mamá!
Hay dos gigantes con dos brazos larguísimos delante del balcón que me quisieron atrapar cuando los miraba. –y extendió
sus brazos para que la estampa fuera
lo más verídica posible.
- No son
gigantes, –sonrió la mamá–, son grúas
para construir casas.
- Del más allá. Antes había muchas en todas partes. Tu padre trabajaba con ellas pero, de la noche a la mañana, desaparecieron. – La nostalgia
apareció esta vez en los ojos
de la madre.
- ¡Yo creo que son malas! Son un esqueleto de huesos y me dan miedo
cuando mueven sus
brazos…
- No temas, son inofensivas. A
mí hasta me alegran la vida.
- ¿Y se quedarán para siempre?
- ¡Ojalá!, hija, ¡ojalá!
Y los
gigantes giraban y giraban y Laura y su madre bailaban al compás.
Dedicado a las nuevas iniciativas y a los recuerdos de otros tiempos