Anselmo había recorrido más mundo
del que yo pudiera imaginar. Desde que se jubiló como trabajador de la compañía
Roca Radiadores, hace ya 20 años, su espíritu aventurero no descansó ni un
momento. Todo fue planificación y ganas de ver otros mundos, otras culturas,
otros problemas… Lo mismo estaba en París que
paseaba por Oslo o tomaba un café en Varsovia. Una ilusión compartida
con Clara, su mujer, y que ahora, después de su marcha, se difuminaba en el futuro.
-Ahora pasará el de y cuarto, procedente de Barcelona.- pero
no presta atención, no le interesa lo más mínimo la marabunta de gente que
fluye en un sentido u otro. Él espera otro tren diferente, un destino
diferente, un recuerdo diferente.
“Atención, atención. Tren con destino Reus. No
tiene parada en esta estación. Rogamos a los viajeros no crucen las vías.
Utilicen los pasos inferiores.”
Anselmo escucha mientras fija sus ojos en el horario de trenes. Se levanta,
se coloca su mochila a la espalda y espera la llegada de ese tren que lo
llevará lejos como todas las semanas. Y se va con el sonido metálico de sus
ruedas y los remolinos de aire que se forman en todo el andén.
Después vuelve al paso inferior,
sube las escaleras y regresa a las ramblas. Pero ahora ya no son las Ramblas de
Gavá es la Piazza Venecia, la Piazza Navona, la Piazza del Colosseo, la Via dei
Fori imperiali.
Camina despacio como si lo
acompañara su mujer del brazo. Gesticula y su vista se pasea por los monumentos
que desfilan ante ellos. Todos los recuerdos vuelven a su mente, lo reviven un
poco más y le dan ánimos para programar el viaje de la próxima semana.
Y Clara se calla, le sonríe, se
encoge de hombros y deja que el silencio le lleve esa respuesta que él siempre quería
escuchar.
-Pues iremos a París, si es lo
que quieres.
A todos los que viajan en la soledad de casa