Érase una vez un chico de catorce años que no quería atarse los cordones de
sus zapatillas deportivas. Le resultaba verdaderamente molesto tener que
flexionar su cuerpo o sus rodillas cada vez que se calzaba o descalzada. Le parecía
ingrato hacer una lazada en las bambas que nunca había aprendido a hacer.
Siempre quedaban descompensados los lazos y siempre terminaban deshaciéndose.
Tan hastiado quedó de sus ataduras que su cordones
parecían una sombra alargada y móvil cuando se
movía por la ciudad. Iban tomando un color inconcreto, a veces se rizaban y, otras,
arrastraban objetos que se beneficiaban del transporte gratuito sin llegar a
ser como los cordones con latas atados en los coches de los recién casados.
Disgustos y sustos a montones y a
diario. Si no se los pisaba él mismo se los pisaban los transeúntes que lo
seguían. El resultado era el tropezón o el
traspiés con caída libre o con sujeción manual.
Uno de los peores momentos fue al salir del
tren de cercanías. Sus cordones se engancharon a las puertas correderas y fue arrastrado unos metros hasta el que el
tren se detuvo, abrió sus puertas y permitió que cayera de espaldas soportando
las risas de algunos viajeros compasivos. Pero no fue suficiente para hacerle
cambiar de idea.

Y allí quedaron colgadas en los cables
del teléfono meciéndose y girando eternamente.
-Si tanto te molestaban los cordones podías
habérselos quitado.
-Tienes razón. Pero nunca hubiera podido
colgarlas- sentenció mirándolas otra vez
y con desprecio.
Y se marchó descalzo cuidando de no
pisar la sombra de los cordones de los transeúntes que le precedían.
A los que compran bambas sin cordones